Egipto es una onda expansiva que va creciendo, una sorpresa que se torna asombro, y un mecano que nunca acabas de completar. Es fácil ponerse estupendo, pero con el mundo egipcio siempre te quedarás corto. Las Pirámides retan al sentido común, a los afanes creativos y a cualquier atisbo de lógica. Tres millones de piedras, de en torno a las dos toneladas y media, conforman el sostén de una pirámide como la de Keops. Infancia religiosa del mundo, impulso genesiaco del Nilo, locura de brazos alzados, las palabras apenas pueden sostener el organigrama del misterio.
Cinco mil años atrás el sol salía cada mañana y los lejanos hombres de aquellas tierras ponían piedra sobre piedra, levantando un monumento funerario que era un imponente dique al tiempo y a sus efectos corrosivos. Frente a su locura, forjada en una apoteosis de la fe que hoy se nos antoja inverosímil, el turista mira las colosales montañas de piedra con una mezcla de arrobo naif y de indiferencia, como si le pesaran los gigantescos bloques, incapaz de encontrar en su interior cansado una equivalencia con aquel hombre remoto dado a la desmesura.
Keops, Kephren y Micerinos es la tripleta de faraones cuya estela mortal ha quedado plasmada en figuras de pirámides fantásticas, como un desafío a la evidencia, y una marca sólida y estable de un tiempo al que casi no cabe colocar ni la etiqueta de antiguo. Remotos albores de un hombre ya armado, forjado en el amor al saber y en el gusto por los placeres, dotado para el sacrificio, empeñado en ganar plaza de inmortal. Por este territorio, tomado por aguadores, propietarios de camellos y burritos, vendedores de refrescos y guías nos movemos miles de turistas, con la boca abierta por el calor, la cámara a punto de foto y el vídeo a todo rendimiento. Vamos vestidos con los atuendos propios de la ocasión, bermudas, short las chicas, camisetas, gorras. No falta, incluso, la muchacha que acude a esta temprana cita pintarrajeada, con la cara hecha un cromo, como quien va a una fiesta de sociedad o acude a la oficina para que le vea las piernas el jefe, solo que aquí nadie mira las piernas, el calor derrite las pocas ideas, y uno se queda mirando el atuendo de algún turista o nativo que lleva la camiseta de Beckamp, la de Ronaldo, la de Etoo o la de Ronaldinho. Y se te va la cabeza y piensas que acaso dentro de varios miles de años las multitudes acudirán al Bernabeu a contemplar las pirámides funerarias de estos verdaderos colosos de nuestro tiempo.
La efigie, dorada por los soles de cinco mil años, ha aguantado hasta ahora al raso las acometidas de la naturaleza, las fiebres mortales de la historia y el cáncer sutil de la cotidianidad. Ha servido de improvisada diana para un reducto maleante de la soldadesca de Napoleón, sin inmutarse, del mismo modo en que impávida ha visto acercarse y luego irse a los ejércitos de Alejandro Magno, de Julio Cesar o a diversas milicias de Alá. Como una diosa de piedra, prueba palpable de un tiempo en que el artista miraba más allá de su faltriquera y de las vanidades presentes, la efigie es una muestra sencilla de cómo el arte cuando nace en la hondonada de lo auténtico puede echar un pulso a Cronos. Solo que ahora, justo ahora, en este siglo de certidumbres tecnológicas, la colosal imagen amenaza con venirse abajo. Algunos expertos no le auguran más allá de ochenta años de vida. ¿Cabría mayor baldón para el homo tecnologicus que contemplar como esa formidable creación del hombre egipcio venia a derrumbarse justo en esta orilla cansada de la historia, cuando casi todo es posible, pero casi nada nos mueve a emprender la aventura? Me asalta una frase: "Podrás hacer lo que quieras, lo difícil es querer hacer algo". Lo dijo a mediados del XX un artista que conocía bien la materia de que están hechos nuestros desengaños.